Del 13 al 18 de Abril de 2009


La búsqueda de la verdad. La respuesta a la pregunta "¿quienes somos?". Estos son los ingredientes centrales esta obra de teatro de Antonio Buero Vallejo, situada en los años 60 durante la dictadura de Francisco Franco.
Esta la obra que NO ES CULPA NUESTRA representará del 13 al 18 de abril de 2009.
Si quieres saber más de esta obra, del autor, contexto histórico, proceso de montaje o incluso reservar una entrada no dudes en visitarnos y contactar con nosotros.


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SILBIDOS. BOMBAS

lunes, 6 de abril de 2009
Aquel día madre no estaba. Aún no había sirenas.
Serían, más o menos las 12 del mediodía y hacía un día espléndido. Todavía no se habían iniciado los ataques a Madrid y la vida era más o menos normal, quitando el hecho de que mi madre salía a las seis de la mañana de casa a hacer cola para que a la hora de comer hubiera un plato en la mesa.
Mi padre había ido al ministerio como cada día. Era lunes.
Mario y yo nos levantamos tarde. No fuimos al colegio. No estaba la cosa para andar dando paseos con los libros a cuestas.

Cuando me levanté me encontré una nota: “Cuida de tu hermano”. Era una nota simple, pero poco habitual. Parecía que mi madre presintiera que algo extraordinario fuera a pasar. No le hice mucho caso, la verdad. Pensé: “¡Qué pesada! Es mi hermano y tengo que cuidar de él. Es mi hermano, sí. Ya lo sé. No hace falta dejar notitas para recordarme que tengo que pasarme todo el día con él pegado al culo”.

Hice el desayuno. Algo de leche que quedaba, mezclada con agua, ligeramente calentada y con un poco de pan que debía llevar algo así como una semana en la cocina. Aún así, lo devoramos. Teníamos hambre.

No había mucho que hacer. Aburrirse. Al menos yo. Mario, con sus peculiaridades, se pasó toda la mañana observando a un par de hormigas que rondaban por el suelo del salón. Hasta que las aplasté. Me pareció más divertido. Y yo era todavía un niño.

Sobre las once y media le dije a Mario que iba a salir. “Voy contigo”, dijo él. “De ninguna manera”, le dije. “Es peligroso”. Si mi madre se entera de que salgo a la calle me despelleja y mucho más si hubiera salido con él. También me hubiera despellejado si se llega a enterar de que le había dejado solo, claro, pero no me apetecía llevar a Mario colgando detrás de mí. Por aquel entonces, Mario tenía sólo siete años. Pero estar allí sentado era un auténtico infierno y a mí me gustaba buscar curiosear en las casas vacías por la evacuación en busca de algo de valor que sus habitantes hubieran olvidado con las prisas.

Entré en una casa de la calle perpendicular a la nuestra. La puerta estaba abierta. Indudablemente ya habían entrado antes. Estaba oscuro; las persianas bajadas. Los cajones estaban abiertos y había cristales de un espejo por el suelo. Encontré una caja de cerillas y un bolígrafo medio roto. En una cajita de cartón un puñado de caramelos que guardé en el bolsillo. No entendía como podían haber dejado allí aquel tesoro.

Estaba tan absorto buscando mis tesoros que ni siquiera los oí llegar. La primera hizo temblar el edificio. Yo estaba en el baño y me quedé parado. No entendía nada. Siguieron cayendo. Cuando pasó el estruendo logré oír el ruido de aquel motor que ya no se me olvidaría nunca. ¿Aviones? Tardé en reaccionar. No entendía nada. La segunda bomba fue peor. Cayó muy cerca y el ruido me tiró al suelo. Estaba desorientado, medio sordo en el suelo. La cabeza me daba vueltas mientras intentaba fijar mi vista en el oscurecido techo de aquella casa. Intentaba a duras penas recuperarme, pensar en qué hacer cuando un único pensamiento acudió a mi cabeza. Yo no lo busqué. Llegó. “¡Mario!”. Me levante a duras penas e intenté buscar las salida de la casa. No me resultó fácil. Estaba totalmente desorientado. Finalmente logré salir. Ya no había sol. Toda la calle era una nube de polvo. Corrí. Aquello era el infierno. Las casas estaban derruidas. Paredes enteras se habían desplomado sobre la calle. Tropezaba cada pocos pasos. Y yo corría hacia mi casa. “¡Mario! ¡Mario! ¡Mario!” No podía pensar en otra cosa. “Cuida de tu hermano”. No pensaba en la bronca si le pasaba algo. No. No pensaba. Simplemente oía “¡Mario!” dentro de mí, y las bombas, y el motor de los aviones y los gritos fuera. Lo peor eran los gritos. La calle se estaba llenando de gente. Corría. Las bombas caían cada vez más cerca. Recuerdo el silbido creciente que acababa en aquel ensordecedor estallido. ¡Mario! La marea de gente corría en cualquier dirección. Pero sobre todo hacia el metro. “¡Vicente! Ven aquí. Vamos al metro” me gritó Paco, el amigo de mi padre, mientras me agarraba de la chaqueta. “¡Mario!” Yo me fui, aunque la chaqueta se quedó allí, en la mano de Paco. Vi a Fernando, el charcutero, con la cara ensangrentada, teñida de dolor, caminando sin rumbo con la mirada en el vacío. Llevaba a su hija en brazos. María tenía unos diez años. Estaba muerta, en camisón, el pelo colgando y el brazo roto, dislocado, bamboleándose. Mascullaba dos únicas palabras, “Ven, Lourdes. Ven, Lourdes. Ven, Lourdes.”. Seguí corriendo. Había heridos por todas partes. Muertos en el suelo. Pasé por delante de la charcutería. Por delante de lo que quedaba de ella. Escombros y al lado un cuerpo, de mujer, en un charco de sangre. Lourdes. Poco más adelante, una mujer llorando, junto al cuerpo de su marido. Vestía de negro. Parecía que hubiera anticipado el luto o, tal vez, no era la primera persona a la que perdía. Silbido. Bomba. ¡Mario! El corazón me estallaba pero no podía dejar de correr. Una familia entera. En el suelo. La madre todavía abrazando al bebé. El padre, tumbado boca abajo con la mano alargada hacia ellos. Silbido. Bomba. Ruido de aviones. Esta vez los escombros volaron sobre mí. Sentí el impacto de un ladrillo en el brazo. Sangre. ¡Mario! Seguí corriendo. Estaba a dos portales. Abrí la puerta. Subí las escaleras. Estaba ciego. ¡Mario! No podía meter la llave en la cerradura. Me temblaban las manos. Tarde varios días en abrir. “¡Mario!”. Nada. “¡Mario! ¿Dónde estás?”. El salón. Nada. “¡Mario, joder! ¡Di algo!” El baño. Nada. “¡Mario! ¡Mario! ¡Mario!” Nada. Un escalofrío. Un sollozo. La cama. “¡Debajo de la cama!”. Allí estaba, hecho un ovillo. Seguía con el pijama puesto. Temblaba. Me miró como si no supiera quien era. “¡Vámonos, Mario!”. No se movió. Me miraba sin dejar de temblar. “¡Vamos, joder! No tenemos todo el día.” Me miraba. “¡Vamos, Mario! No pasa nada!”. Se movió. “¡Vamos, Mario! No te preocupes. Todo va a salir bien” ¿Estaba hablando yo? Ni siquiera sabía de donde salían aquellas palabras. Alargó la mano. Le arrastré fuera de la cama. Lloraba. Le cogí de la mano y corrí. Silbido. Bomba. Salimos de la casa y corrimos escaleras abajo. Ruido de aviones. Silbidos. Bombas. Ya casi no había gente el la calle. Silbido. Bomba. Escombros. Muertos. Teníamos que pasar por encima de ellos. Sangre. Corríamos. El corazón se me salía de la caja. Apretaba la mano de Mario. No le miraba. Sólo corría. Corría. Por fin vi la entrada del metro. “Un poco más, Mario”. Silbido. Bomba. Escombros. Nos tiramos al suelo. Había caído en medio de la calle. Entre nosotros y el metro. Me levanté. Mario estaba en el suelo. Tenía un corte en la frente. Me miraba. Temblaba. Pero no se movía. “Vamos, Mario”. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Tenía espanto en la cara. “¡Vamos!”. Nada. Me agaché. Le cogí en brazos. Corrí lo que pude porque casi no podía con él. Silbido. Bomba. Polvo. Alguien me adelantó por la izquierda, corriendo. “¡Ayúdeme! Por favor”. Desapareció entre el polvo. Las piernas me dolían. El pecho me dolía. Los brazos me dolían. Andaba. Polvo. Silbidos. Bombas. No podía más. Llegué al metro. Mario me apretaba tanto el cuello que no podía respirar. Bajé las escaleras. No sé como. Oscuridad. Silencio. Murmullos. Calor. Mucho calor. Silbidos y bombas. Apagados. Estábamos a salvo. Dejé a Mario en el suelo. Lloraba. Me abrazaba. La gente nos miraba entre sombras. Olía a miedo y a humedad. Una señora se nos acercó y nos dio un poco de agua. Nos limpió las heridas con un trapo casi seco. Dolía. Y la cara. “Lo siento. No hay mucho agua.” Recordé lo que llevaba y le di un caramelo a Mario. Se tranquilizó un poco aunque sollozaba y no dejaba de abrazarme. Se agarraba a mi como un mono. “Tranquilo, Mario. Todo está bien”. “¿Y mamá?” Dijo él.
Pasamos varias horas allí. Con el miedo en el cuerpo, sin atrevernos a salir, aunque aunque ya no se oían ni bombas ni aviones y la gente había ido marchándose, y preguntándonos constantemente eso. “¿Y mamá? ¿Y papá?”.



Madre no llegó hasta unas dos horas más tarde. Venía con padre. Lloraba y padre la abrazaba. Tenían cara de estar muy cansados. Llevaban tiempo buscándonos. Sus ropas estaban empapadas de polvo y sus caras en sudor.
La primera en vernos fue mi madre. “¡Vicente! ¡Mario!” Gritó. Nunca la había visto correr así. Sorteaba a la poca gente que quedaba en aquella estación como podía, presa del cansancio, mientras se dirigía a nosotros con los brazos abiertos. Cuando llegó a nosotros, se puso de rodillas, y cogiéndonos las caras nos miró a los ojos con los suyos bañados en lágrimas y nos besó. Fueron besos largos, calientes. No quería soltarnos. Luego nos abrazó y rompió a llorar desconsoladamente. Padre le acariciaba el pelo mientras le decía: "¿Lo ves? Ya te dije que Vicente cuidaría de él."

Pero aquello no había terminado. Sólo había sido el primer bombardeo. Pronto aprendimos que temdríamos que acostumbrarnos a las bombas, a los aviones, a las ruinas, a ver así la Puerta del Sol como consecuencia de las mismas.


Fdo. Vicente

CARTA DE BUERO VALLEJO

lunes, 30 de marzo de 2009
Corría el año 93 y nuestros añorados "arcanos" tuvieron a bien representar "Hoy es fiesta", de Antonio Buero Vallejo. Yo no había nacido aún (teatralmente, claro) y "No Es Culpa Nuestra" acababa de hacerlo apenas un año antes.

El caso es que aquellos locos del teatro decidieron invitar a Buero Vallejo a presenciar la representación. Desafortunadamente, D. Antonio Buero tenía ya su agenda organizada y no pudo asistir. Sin embargo, nos contestó, demostrando que era un caballero, de su puño y letra en una carta que todavía conservamos y que incluyo aquí (click para agrandar).


Habrá quien lo considere una tontería, pero a mi, personalmente me eriza el vello leer estas letras y me da pena no poder hacer lo mismo y volver a escribirle y que volviera a contestarme.
En fin, de todos modos, y como nunca se sabe donde puede andar uno, queda Ud. invitado, D. Antonio. Va por Usted.

TRES PERLAS

lunes, 23 de marzo de 2009
Sólo tres frases.


"Era una niña que ni siquiera había empezado a vivir"


"Pero no está, y nadie es castigado, y la vida sigue"


"Pero ¿quién puede terminar con las canalladas en un mundo canalla?"


Nada más. Les dejo a solas con su curiosidad.

CARPE DIEM

miércoles, 11 de marzo de 2009


Este es un tatuaje que voy a hacerme quizás algún día...y que me parece que debería resumir muy bien el espíritu de nuestro montaje de EL TRAGALUZ justo en el día de hoy, cuando falta prácticamente un mes para el estreno. Hoy uno de nuestros actores se ha bajado de nuestro tren. Una lástima, Chema. Y otro se ha subido al mismo. Bienvenido, Julio. CARPE DÍEM. Carpe diem es una locución latina que literalmente significa ‘cosecha el día’, lo que quiere decir es «aprovecha el día, no lo malgastes». Fue acuñada por el poeta romano Horacio en sus Odas: "Carpe diem quam minimum credula postero" ‘Aprovecha el día, no confíes en mañana’. Se puede entender como "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy". O igual "vive cada momento de tu vida, como si fuese el último de tu existencia".
Es un tópico literario, un tema recurrente en la literatura universal como una exhortación a no dejar pasar el tiempo que se nos ha brindado; o bien, para disfrutar los placeres de la vida dejando a un lado el futuro, que es incierto. Creo que varios de los personajes de la obra de Antonio Buero Vallejo defienden ese mensaje con sus trayectorias vitales y con lo que hacen y dicen. Y nosotros no vamos a dejar pasar el tiempo que se nos ha brindado...vamos al futuro incierto, disfrutando.

Por último, una curiosidad: el tatuaje es un ambigrama, creado por John Langdon (sí, sí el que inspiró a Dan Brown su personaje de El código Da Vinci) y se puede leer lo mismo si lo giras 90º.

EMPIEZO CON UN PAR DE CITAS...

martes, 10 de marzo de 2009
Pues me encantan las citas, he de decirlo, supongo que tengo alguna parte dentro de mí muy clásica, que me ha llevado a hacer una obra de realismo bastante clásico como es EL TRAGALUZ. Pero mi propósito, con este par de citas que voy a incluir, es describir mi modo de trabajar de forma somera. MI manera de ver un trabajo teatral. Lo pongo en mayúsculas, MI manera, no es LA manera, sino la religión teatral que yo he adoptado y que tantos otros también lo han hecho antes de mí. No sé si es la mejor manera, pero es la ÚNICA que mi organismo me permite. Si hago alguna otra cosa que he visto hacer muchas otras veces, me siento falsa, y no coherente. Y no dormiría tranquila. La primera cita para mí se refiere a todo el proceso de ensayos:

"No basta saber, se debe también aplicar. No es suficiente querer, se debe también hacer." JOHANN WOLFGANG VON GOETHE

Aplicar es lo que hace el director con su conocimiento, lo que sabe acerca del Teatro en general y de la obra y del autor en particular y de sus actores para obtener lo mejor de todos y de cada uno de ellos. Hacer es lo que hace un actor, (valga la redundancia) que para eso se llama así, para hacer, no para "querer hacer de" o "ser algún personaje", sino para hacerlo. No nos llamamos "sentidores", somos actores. Y por supuesto sin olvidar por qué se le llama Jouer o To Play a Actuar tanto en francés como en inglés...se trata de JUGAR ante todo y a tope, pero no haciendo que jugamos, sino jugando, o sea, una acción en sí misma, hacer algo. Jugar. En serio.

En cuanto a la segunda cita, tiene relación con una cosa que varias veces me han criticado, que soy muy exigente...no estoy de acuerdo porque yo no exijo más de lo que doy cuando estoy en un proceso creativo, y aún así a mí siempre me parece que podría dar más de sí, que podría hacer más de lo que hago...un exigente es alguien que pide más de lo que puede dar a cambio. Jamás pido más a mis actores de lo que yo les estoy dando a cambio. Alguien exigente es el que no tiene derecho a pedir lo que pide. Únicamente existen personas a las cuales jamás un director les había pedido nada...por unas razones o por otras. Por falta de experiencia o porque su principal motivación no era crear, comunicar algo con todas sus fuerzas. Que solamente quería echarse unas risas, no hacer teatro de verdad. Aunque creen que lo hacen. Pero cuando ya has hecho alguna primera vez teatro de verdad, es cuando mayores risas te echas y cuando no puedes volver atrás a la mediocridad. Y cuando llega alguien que pide algo pues empiezan los miedos que se manifiestan de muchas formas, pero siempre escucho. Antonio Buero Vallejo, en este caso, no se merece menos, porque escribió una obra maestra. Únicamente puedo decir que mi "religión teatral" de darlo todo se resume también en la siguente cita, que mucha gente no entiende :

"Tengo gustos simples. Me satisfago con lo mejor." OSCAR FINGAL O'FLAHERTIE WILLS, WILDE

Y quiero estar muy satisfecha en EL TRAGALUZ, no puedo por menos de intentarlo. Si para conseguir lo mejor he de pedirlo, se pide. Voy a dormir muy tranquila esta noche. A pesar de todo. Sigo pidiendo lo que doy.

LA ÉPOCA

miércoles, 4 de marzo de 2009
Cuando uno, desde el punto de vista actoral, empieza a plantearse como afrontar un texto teatral tiene que hacer, en mi opinión, un importante trabajo de investigación sobre la época en que transcurre. Tiene que hacerse eco de lo que ocurría. Volver al pasado por así decirlo. Y para volver al pasado hay que saber cómo es. O “volver” al futuro e imaginárselo, como en caso de Él y Ella en “El tragaluz” de Buero Vallejo.

Dejaré el caso de Él y Ella para que lo expliquen ellos si gozan de tiempo y ganas y me centraré en el caso de Vicente y sus coetáneos que me incumbe más. Los nombro así no por falta de educación sino porque yo seré Vicente (obsérvese que no digo “haré de…”) y porque hablar de “sus coetáneos y Vicente” como mandaría el protocolo sonaría raro.



En el caso de “El tragaluz”, Antonio Buero Vallejo, plantea la acción (ésta) en el año 1964. Las fechas son fácilmente deducibles a partir de las edades de los personajes. Como, además “El tragaluz” podría englobarse dentro del género realista (corríjanme si me equivoco) el número de cotidianidades que aparecen en el texto son numerosas.
Desde mi punto de vista, no basta con asumir que se vivía en una dictadura, que la calidad de vida era inferior y que las paredes oían. Hay que darle importancia a todo, desde los objetos a las ilusiones de la gente que pudieron vivir esa época. Por eso, me parece tan importante remontarme a la época de “El tragaluz” con la mayor profundidad posible y saber, por ejemplo, cuanto costaba un café, que anuncios se veían por la televisión, cómo era la publicidad impresa, cuanto cobraba una secretaria o cómo andaba la política. Siempre pienso que, para un actor van mejor las cosas concretas que las generalidades.

Además, aunque Buero Vallejo no incluye ‘flashbacks’ a esa época en “El tragaluz”, la guerra civil y la posguerra están presentes en el texto a través de los acontecimientos que influyeron en los personajes y las narraciones que ellos mismos hacen de esta época. Y, como dije cuando expliqué que, para mí, un personaje es un Iceberg, para interpretar a un personaje hay que saber quién es. Pero quien es en el sentido profundo. En el sentido en el que Buero plantea la pregunta en el texto de “El tragaluz”. Es una pregunta insondable pero hay que abordarla. La verdad es que me hace feliz que, aunque sea en eso, D. Antonio Buero Vallejo estuviera de acuerdo conmigo (¿o será al revés?). Bueno, el caso es que, pienso, para saber quien es un personaje, hay que saber qué le ha pasado y qué acontecimientos le han llevado a ser quien es. Así que, vista la importancia que tienen los últimos años 30 y comienzos de los cuarenta habrá que investigar un poco también por ahí.

Y toda esta charla para explicar el motivo de que próximamente empiece a subir a este blog retazos de aquella época, artículos, carteles, vídeos…

En fin, cuando se trata de teatro, soy así de pesado.

YO SOLO PUEDO DECIR QUE...

Hola a todos!!!,
Yo solo puedo decir, que EL TRAGALUZ, desde el momento en que lo lees, tiene algo especial. Cuando lo lees la segunda vez, te quedas con ganas de más. Cuando te lo lees la tercera, te imaginas haciendo cada uno de los personajes. Y así cada vez que te lo leas, en definitiva, cada vez se descubren más cosas.
Hace un año, yo no me podía imaginar !!!DIRIGIENDO UNA OBRA!!! y menos !!!EL TRAGALUZ!!!. Pero todo esto, se puede llevar a cabo, primero gracias a Buero Vallejo; segundo gracias a Bea: esa magnífica co-directora sin la cual este proyecto no hubiera sido posible; y obviamente a todos los que se presentaron al casting, pero en especial al nuestro reparto, donde cada uno de ellos son especiales (ya en otro post diré quienes son), y no escribo más de ellos porque me puedo pasar aqui toda la vida escribiendo (cosa que no puede ser porque se quedarían sin una directora ;);)).
Así que de verdad GRACIAS, por hacerme vivir esta experiencia (mi primera como co-directora).
Yo solo os digo, que el que no venga a ver EL TRAGALUZ, esta un poco loquito.
Un besito.

"SÓLO ME DIJE A MÍ MISMA...

martes, 3 de marzo de 2009
ESTA OBRA HA DE HACERSE...tengo que verla representada" .Este fue el segundo pensamiento que me pasó por la mente cuando terminé de leer EL TRAGALUZ, del bendito Antonio Buero Vallejo. El primer pensamiento a través de mis lágrimas fue algo así como "guauuuuuu!!!!" que incluye muchas sensaciones, que me dispongo a intentar describir a continuación: es preciosa, maravillosa, sencilla a la par que elegante, conmueve sin maniqueismos, llega, toca dentro, qué querría decir Buero Vallejo exactamente??? hay cosas que no acabo de entender al 100% ...no es genial? etc...Mooolaa mazo!!!! Y alguna cosa más que me guardo como secretillo de lectora empedernida...Y después de este maremagnum interno expresado en un largo chillido mental al modo animalesco...leáse guauuuu...pues ya, concreté y sólo me dije a mí misma, me prometí que convencería a alguien del grupo de teatro de No Es Culpa Nuestra para que se representase, para que algún director ilusionado la dirigiera, aunque yo no pudiera presentarme a ningún papel por falta de tiempo...pero tenía que hacerse...esto fue en agosto del 2008.

A día de hoy, sólo me digo a mi misma: has de hacerlo, estás haciendo bien por simplemente llevarlo a cabo... Gracias Buero, por escribir este texto que lleva centrando mi vida desde mediados de diciembre...porque al final sucumbí a la fuerza de tus palabras y a la majestuosa llamada de tu genial dramaturgia y aunque no tengo todo el tiempo que me gustaría, estoy dirigiendo tu TRAGALUZ...después de llevar dos años y medio dirigiendo nada en absoluto o escenas cortitas...voy a hacer EL TRAGALUZ...una de tantas veces como se hará...pero en esta ocasión llevará mucho de mi....en lo bueno y en lo malo. Llevamos la mitad del viaje ya...

EL ICEBERG

lunes, 2 de marzo de 2009
Ya lo dije en el blog de "Panorama desde le puente", el año pasado. Un personaje es como un iceberg. Lo sé, me repito, pero para mí es la clave.


Naturalmente, yo, en realidad, sólo sé que no sé nada, así que cada cual puede tomárselo como quiera pero para mí, y hasta que alguien no me haga cambiar de opinión, un personaje es como un iceberg. Sólo se ve el 10% de él. El 90% restante está por debajo de la línea de flotación así que nadie va a verlo. ¿Entonces porque abordar la creación de ese 90% del personaje que no se va a ver nunca? Muy sencillo. El personaje, al igual que el iceberg, privados de ese 90% que está fuera de la vista, se hunde.

En mi opinión, y es sólo una opinión, uno no puede salir al escenario sin saber lo que desayunó su personaje ese día o de qué color son sus sábanas. Sí, quizá exagero pero un personaje, al igual que una persona, es él y sus circustancias. Y si quieres que tu personaje rebose verdad tiene que estar lleno. Igual que una persona. Tienes que conocerlo y conocerlo no es sólo saber si es majo u orgulloso. Hay que saber el porqué de cada cosa que hace, de cada cosa de dice. Tiene que reaccionar tanto ante un insulto como a un cambio en el color de la tapicería de su casa. Son sólo ejemplos.

En fin. Cada maestrillo tiene su librillo. El mío es este.