Del 13 al 18 de Abril de 2009


La búsqueda de la verdad. La respuesta a la pregunta "¿quienes somos?". Estos son los ingredientes centrales esta obra de teatro de Antonio Buero Vallejo, situada en los años 60 durante la dictadura de Francisco Franco.
Esta la obra que NO ES CULPA NUESTRA representará del 13 al 18 de abril de 2009.
Si quieres saber más de esta obra, del autor, contexto histórico, proceso de montaje o incluso reservar una entrada no dudes en visitarnos y contactar con nosotros.


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MARIO, INFANCIA Y CIGARRILLOS

martes, 10 de marzo de 2009
Madrid, 10 de Marzo, de 1964.

Yo contaba 10 años. Mario 4.

Habíamos salido a jugar. A la calle, por supuesto. Entonces no había ningún peligro. Los automóviles pasaban de pascuas a ramos y cuando se acercaba alguno el estruendo nos hacía retirarnos para admirarlo al pasar.

Íbamos a un callejón cercano convertido en escombrera. Habíamos estado en la plaza y con un dinero que nos habíamos ganado ayudando a descargar un carro (je, je, ¡qué tiempos! todavía había carros en abundancia por las calles de Madrid) habíamos comprado dos cigarrillos. Bisonte, no llegaba para más. "¡Maricón el último!", gritó Alfredo, el gordito de la panda. ¡Cabrón! Sabía que teniendo que cargar con Mario llegaría el último. Y tenía razón, por supuesto. Correr de la mano de un niño de 6 años no resulta demasiado útil en una carrera.

Cuando llegué ya habían encendido los cigarrillos y estaban fumando. Solté la mano de Mario con rabia. Le miré. Estaba casi llorando. Supongo que imaginaba que le iba a caer una bronca. Pensé: "Maldito crío. Se fuman mi dinero por su culpa y encima llora." Pero lo cierto es que aquella mirada llorosa me enterneció. No dije nada.

"¿Qué pasa, maricón? ¿Te pesa el culo?". Aquellas palabras me cayeron como una bomba. Alfredo se la estaba jugando. Pasé de tonterías. "Dame el cigarrillo. Yo también lo he pagado." le dije mientras alargaba la mano que él apartó. "Tranquilito, ¿eh? que si tu hermano es retrasado nosotros no tenemos la culpa". Miré a Mario. No dijo ni hizo nada. Ni siquiera se inmutó. No agachó la cabeza, no se retiró, no lloró. Nada.

Alfredo, en tono cada vez de mayor sorna añadió: "¿Lo ves? ¿Tu hermano es tonto y en tu casa..." No terminó la frase. No tuvo tiempo de ver cómo llegaba el sopapo ni de moverse antes de que mi palma abierta impactase en su cara. Casi se come el cigarrillo. El resto del grupo se reía a carcajadas. Yo me sentí eufórico. La mejilla de Alfredo estaba roja. Le quité el cigarrillo, tomé una calada, le eché el humo en la cara, tiré la colilla y la pisé, me di la vuelta, cogí la mano de Mario y me marché de allí. A mis espaldas resonaban las risotadas en la sombra del callejón.

Nunca supe qué me impulsó a lanzar aquella bofetada, pero me sentía como un héroe de comic. "Y de esto, ni una palabra a padre, ¿eh?". Mario asintió.

Sin embargo, padre se enteró. El estúpido de Alfredo no pudo evitar contarlo y su padre acabó hablando con el nuestro. Mi padre le pidió disculpas y me castigó mandándome sin cenar a la habitación y una semana sin salir. Vi su mirada. Pretendía estar furioso, pero no lo estaba. Había tenue brillo de orgullo en su mirada, pero mi padre siempre hacía lo que le parecía justo, incluso si eran sus hijos los que pagaran.

No me sentí bien y me costó dormir. Pude oír como el resto de la familia se iba a la cama después de cenar.

Pasé hambre aquella noche. Estaba aún en vela, reflexionando sobre lo acontecido, sin saber porqué había defendido así a Mario ni si había reaccionado correctamente o no. Ligeramente intrigado antes el sentimiento de orgullo que, por otro lado, me bullía dentro. Era tarde, probablemente ya pasada la media noche cuando la puerta del cuarto se abrió sigilosamente. Mi madre encendió la luz y con cara de sueño, despeinada y en camisón, aunque sonriente me dijo: "Ven". Yo me levanté y me acerqué. Ella me dio un pequeño paquetito de papel de periódico. Sin perder la sonrisa ni dejar de mirarme se despidió lanzándome un beso mientras me acariciaba la cara.

Yo volví a la cama y abrí el paquetito. Era una ensaimada de la pastelería de la esquina.

Sonreí.

Fdo: Vicente.

EUGENIO BELTRÁN

lunes, 2 de marzo de 2009
Madrid, 2 de Marzo, de 1964.

Cuando conocí a Eugenio Beltrán tenía yo 38 años y la ambición de 20 acumulada. El tenía 42 años y la ilusión de un niño de 10.

Por teléfono tenía una voz profunda, calmada. Parecía que nada pudiera alterarle. No varió de tono cuando le propuse la cita y sus motivos. Sin embargo, no sé porqué me pareció que se alegraba.

Le cité en el café Gijón, por aquello de las tradiciones y para que se sintiera como en su casa. Para que se sintiera importante estando en la casa de los grandes. No era necesario. Beltrán se sentía en su casa en cualquier sitio. Su casa era el mundo.
La cafetería era cálida, con un gran mosaico de pequeñas mesitas de mármol y pie de forja. Espejos y cuadros, fotografías de autores en las paredes.

Yo estaba inexplicablemente nervioso. Sin conocerle y ya le admiraba por su forma de escribir. Por otro lado, me jugaba mucho en aquella entrevista y estaba dispuesto a arrebatarle un “sí” costase lo que costase.

Cuando apareció, su aspecto me impresionó, aunque jamás hubiera pensado que se tratara de un escritor. Era alto, fornido, vestía unos pantalones de pana y una chaqueta de mezclilla. Vestía, prácticamente como un obrero de una fundición. Aseado, sin embargo, desprendía un aura que lo hacía digno de atención. Yo esperaba encontrar un señor bajito, con gafas, canas y una vieja chaqueta. Vamos, un escritor.
Beltrán, sin embargo no se molestaba en aparentar algo que no era. El era, simplemente, escritor y no cambiaba su manera de vestir ni sus modos hablase con quien hablase, se reuniese con quien se reuniese.

La conversación fue corta. Me descolocó. Me dejó admirado. Son muy pocas, por no decir ninguna, las personas capaces de causarme impresión.
Yo tenía preparada una retahíla sobre las condiciones del contrato, remuneraciones, ventajas fiscales y la solté mientras me miraba atentamente, sosteniéndome la mirada con aquellos ojos azules hasta que tuve que desviarla. Me traspasaba. No había maldad en aquellos ojos. Eran los ojos de un niño. El asentía a cada una de las informaciones que yo le transmitía. Finalmente, le dije: “¿Estamos de acuerdo?”. Su respuesta me descompuso, más por la franqueza de sus ojos que por sus palabras. “No lo sé”, me dijo. “Las condiciones son negociables”, le dije rápidamente, “Si las cantidades le parecen escasas podemos negociarlas…”. “¿Cuál será el precio del libro?”, me interrumpió él. Me dejó, patidifuso y debió apreciarlo, porque, sonriendo, continuó. “No estoy interesado en el dinero. Quiero que la novela llegue a la gente. Estoy dispuesto a cobrar por copias vendidas si eso abarata el coste de edición”.
Me costó reaccionar ya que jamás hubiera esperado aquella respuesta, pero acepté inmediatamente. Supe que la novela sería un éxito. En aquel momento entendí porque aquel libro me había gustado tanto. No eran sólo letras. Eugenio Beltrán impregnaba con su arrolladora bondad, con su humanidad, todo lo que tocaba, incluyendo las páginas de sus novelas.

“Sin embargo, habría que rehacer el contrato. Si quiere puedo redactar aquí mismo un compromiso previo y firmarlo. Tiene validez legal a todos los efectos y…”. “No es necesario…”, interrumpió, “… Puede usted mandar a imprimir la novela. Ya firmaremos cuando haya que firmar”. Intenté explicarle la importancia del contrato pero no me dejó hablar… “Me fío de usted, Vicente. Usted ama los libros tanto como yo”. Esas palabras me sacudieron. Beltrán era de otra especie. Confiaba en la gente sin miramientos. Leía a las personas. Lo raro es que yo lo entendía a la perfección. No creo que nadie hubiera sido capaz de traicionarle. La confianza que mostraba, su tono, la bondad que exhalaba, eran casi hipnóticos. Para traicionar a este hombre habría que ser un absoluto hijo de puta. Y yo, desde luego, no lo era.

Estrechamos las manos. La mía sudaba ligeramente. La suya era caliente, firme, fuerte. Me clavó de nuevo sus ojos azules y simplemente dijo: “Buenas tardes, Vicente”. Se dio la vuelta y salió del café Gijón sin detenerse, sin mirar atrás. Mientras le seguía con la mirada pensé para mi sorpresa que aquel era el más grande escritor que había pisado aquella sala. Y eso es mucho decir.

Cuando fui a pagar la cuenta me di cuenta de que ni siquiera había pedido un café. Más tarde me di cuenta de que Eugenio Beltrán nunca pedía nada.

Volví a la oficina en taxi mientras pensaba con una boba sonrisa que pronto podría conducir mi propio coche y me preguntaba como explicarle a Juan que no había nada firmado pero que no teníamos nada de que preocuparnos. Sabía que no lo entendería. Sabía que todo saldría bien.

Fdo: Vicente.